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¿Lactar o no lactar? No siempre es fácil… no lo fue para mí

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Si no es porque soy tan persistente cuando se trata de lograr lo que quiero y creo que es lo mejor, jamás hubiera tenido éxito en la lactancia de mis dos hijos.

Parece una actividad sencilla, hermosa e intuitiva, y en realidad lo es. Sin embargo, en las dos ocasiones con mis hijos, tuve que sobrepasar retos importantes.

Recuerdo con mi primer hijo regresar del hospital después de una cesárea enorme (¡de 15 centímetros!). Como fue anestesia general y parto abdominal de alto riesgo, mi hijo y yo estuvimos separados por más de 24 horas. Yo no podía más de la desesperación de no ver a mi hijo, así que yo misma me quité el suero y caminé hasta las cunas de cuidado medio en donde estaba él. Ahí comenzó nuestra aventura con el pecho.

Diego ya había tomado fórmula, y yo no sentía que la leche me hubiera bajado todavía, sin embargo me lo pegué al seno. Todo parecía fluir perfectamente, y aunque no tenía ni la menor idea de cómo hacerlo, en ese momento parecía estar funcionando. Unas enfermeras me dieron un par de consejos. Recuerdo que tuve que regresar al cuarto sin él y esperar a que lo subieran. En el ínter me llevaron un tira leches arcaico, me dieron un masaje en los senos y me hicieron extracción casi manual. Fue incómodo y un poco doloroso.

Y ahí comenzó el suplicio.

Al poco tiempo mis senos se hincharon a reventar. La leche bajo con fuerza, pero mi bebe todavía no estaba conmigo. Las enfermeras extraían manualmente y yo comenzaba a sentir un ardor insoportable.  El tamaño de mi pecho se cuadriplicó en cuestión de minutos. Las estrías se hicieron presentes ese mismo día. Los chorros de leche salían disparados. En menos de 8 horas, pasé de tener senos copa “B” a parecerme a Pamela Anderson. Era como si me hubiesen operado, pero en lugar de silicona, me pusieron dos rocas pesadas y calientes. Y si me dejaba de dar masaje por más de una hora, la presión de la leche se volvía insoportable… ¡Qué dolor, esto es peor que la cesárea!

Cuando al fin llegó mi hijo de inmediato me lo enchufé. Al principio era un alivio cuando él tomaba porque descongestionaba mi pecho. Sin embargo, se fue haciendo cada vez más doloroso: ahora mis pezones comenzaban a sangrar.

Mi pecho gigante no me permitía bajar los brazos. Estaban tan congestionados y calientes que el roce de la ropa me ardía. Los chorros de leche salían disparados en automático y aunque mi bebe hacia todo lo posible por tomar, era tanto que no podía. ¡Lo ahogaba! Los doctores me indicaron que me siguiera sacando leche para descongestionar, pero eso sólo hacía que siguiera produciendo cada vez más.

Las grietas en los pezones se hicieron presentes. Sangraba un poco y dolía mucho cada vez que me acercaba a mi bebe. Yo seguía al pie de la letra las indicaciones médicas que no sólo parecían no funcionar sino que empeoraban cada vez más la situación.

Después de una tortuosa semana, por fin el dolor cedió. El tamaño disminuyo un poco y mi bebe y yo nos acoplamos a esta nueva etapa. Hice lactancia prolongada con él. Y fue un tiempo bellísimo de conexión profunda. Sé que elegir la lactancia, pese a todo lo que costó, ayudó enormemente a que el vínculo entre nosotros se fortaleciera. La cesárea y la separación inicial había dejado una huella profunda en nuestros corazones. Yo lo sentía, y estoy segura que él también. Conforme fue creciendo me di cuenta de que el pecho no sólo era el lugar en donde recibía alimento y amor. Cada vez que estaba asustado o se había lastimado recurría a él. A veces el sólo poner sus manitas sobre el busto lo calmaba. Dejaba de llorar. Era su refugio, su lugar seguro, y lo fue por mucho tiempo. Aunque recibí muchas críticas y comentarios negativos, sé que tomé la decisión correcta, y hoy veo lo importante que fue para él.

Ocho años después, cuando llego mi niña, yo me sentía una experta en el tema. Después de todo había dado dos años enteros pecho y sabía lo que era.

Aunque esta vez fue mucho más sencillo – mi pequeña y yo estuvimos juntas desde el momento en que salió de mi cuerpo y la lactancia se inició en el minuto cero después de su llegada – también atravesamos por un bache que casi la lleva ella a un tratamiento horrible, y a mí a dudar de la sabiduría de mi cuerpo.

Los primeros quince días de lactancia fueron hermosos, y aunque gente bien intencionada quiso participar con sugerencias muy fuertes (como el darle 15 minutos de un lado y luego del otro cada 3 horas, o no darle de noche para que no me “tome la medida”), no hice caso y casi no influyeron. Digo casi, porque aunque estés preparada y bien informada, te pueden hacer dudar.

A los 15 días mi bebe pasó de ser una niña tranquila y sonriente a llorar horriblemente todo el tiempo. Las visitas al pediatra eran diarias y las revisiones indicaban que tenía reflujo. Comenzamos con un tratamiento médico que parecía no dar resultado. Al poco tiempo sugirieron que el problema en su píloro podía ser grave y que había que operarla. Mi hija estaba desesperada, y yo también. Busqué una segunda opinión, y el nuevo pediatra me dijo que el problema principal era mi baja producción de leche: ¡que estaba dejando a mi hija con hambre! Los ácidos del hambre le provocaban todo lo demás. Me pidió que me sacara leche para comprobar mi producción, y efectivamente fue demasiado poca. Le recetó una fórmula que devoró y aunque no le cayó bien, por lo menos estaba alimentada.

Yo intuía que todo esto no estaba bien. ¿A los 15 días ya no tenía suficiente leche? ¿Por qué, si antes parecía Pamela Anderson y podía alimentar una guardería?

En mi desesperación, recordé que la doctora que me preparó para el parto era consultora de lactancia y decidí ir con ella. Ella me revisó. Recuerdo que lo primero que me dijo fue que era mentira que no tuviera leche. Sus palabras exactas fueron: “Pero si estás llena de leche, pareces una vaca lechera.” Le conté que me había sacado y que efectivamente no logré sacar más que la primera rayita de la botella. Yo sentía mis senos vacíos, sin embargo no podía estar más lejos de la verdad. 

Me pidió que me colocará a mi niña en la posición en la que le daba normalmente pecho. Se me hizo raro pero lo hice. ¿Qué podía estar mal? Después de todo tenía mucha experiencia en el tema. Cuando nos vio en acción supo inmediatamente cuál era el problema.

“Fíjate cómo está agarrando el pesón, no está pudiendo succionar. Acomódaselo así…”

Problema resuelto. Mi niña estaba bien, no necesitaba nada más. No tenia reflujo, no necesitaba ninguna operación, no le faltaba leche de “mejor calidad”. El problema era totalmente mecánico. Al corregir ese pequeñísimo detalle las cosas fluyeron maravillosamente.

Mi hija y yo disfrutamos de una lactancia prolongada y de todos los beneficios que ella tiene. Sé que también para ella ha sido su refugio, el lugar en donde recibe alimento, calor, seguridad, conexión y amor. No hubo operación, reflujo ni baja producción de leche. Sólo mala información.

Me di cuenta de que esa desinformación estuvo presente desde la primera vez. En el hospital no supieron como orientarme. Las mujeres a mi alrededor tampoco. Con mi segunda, mis años de experiencia tampoco fueron suficientes para entender algo tan básico.

Nos hemos desconectado muchísimo de nuestros cuerpos y de nuestro instinto. En mi caso, los pediatras, la enfermera y todos los que rodeaban no tenía idea de como contribuir a una lactancia exitosa. De hecho, todo lo contrario.

Entiendo perfectamente por qué muchas mujeres deciden dejar el pecho y comenzar la fórmula. No las juzgo, las entiendo.

Hoy puedo decir que me siento afortunada de haber sido persistente. De entender a fondo lo que me pasaba, y agradezco el haber sido tan valiente para poder desechar consejos como:

  • Se va a mal acostumbrar
  • Sólo te va a usar de chupón
  • No tienes suficiente leche
  • Tu leche no es de buena calidad
  • Tu leche ya no lo nutre
  • Le tienes que dar 15 minutos de un lado y luego del otro
  • La lactancia a libre demanda hace niños dependientes
  • Se debe de lactar con horario estricto
  • Después de los 6 meses ya tu leche no sirve
  • El bebé es alérgico a tu leche
  • Tu bebé se queda con hambre
  • Cómo te atreves a darle pecho en público
  • La lactancia es muy demandante
  • Tienes que complementar con fórmula porque tu leche no lo llena
  • Si sigues dándole se te van a caer al piso, vas a perder tu figura

Las ventajas de dar pecho son incontables. Al lactar no tienes idea de todo lo que estás haciendo por tu hijo, por su salud emocional y física y, claro, también por la tuya.

Ahora que me acerco a lactar otra vez (estoy en mi quinto mes de embarazo), recuerdo lo hermoso que es.

Mi niño querido… aquí te esperan tu senos llenos de amor.

Cuéntanos, ¿cómo fue tu historia? ¿Qué aprendiste que podría servirnos a las futuras mamás?

Gaby González

P.D.: COMPARTE este artículo, de seguro más de un bebé en busca del seno te lo agradecerá… 😉

¿Qué puedo hacer para dejar de castigar, gritar y dar nalgadas a mis hijos — y que SÍ me hagan caso?

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¿Qué es lo que más te cuesta trabajo con tus hijos?
¿Qué te gustaría hacer diferente?

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