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La meta de ser madre/padre… eres tú

Alguna vez me sucedió que Diego, mi hijo mayor, cuando tenía unos 4 años le dio por que cuando yo agarraba el teléfono, él se acercaba a preguntarme algo, a pedir agua o a decir “Mamá, mamá, mamá, ¡maaaaaaa!” Recuerdo cómo me desesperaba el que cada vez que yo me daba cinco minutos para hablar por teléfono él hacia esto…

El comportamiento no sucede al azar. Y en este caso en particular fue muy evidente corroborarlo. Mi hijo llevaba una semana tratando de llenar una necesidad muy específica, de una manera muy errónea. Así no iba a funcionar, ni para mí, ni para él.

Durante la primera semana no me percaté de lo molesto que esto era para mí, ni de lo mucho que mi hijo lo hacía. Me di cuenta cuando en una ocasión al estar hablando con un cliente muy importante llegó con su habitual “¡Maaaaaa! ¡Mamiii! ¡Maaaa!” Yo quería esconderme en el baño para poder seguir hablando, y de hecho creo que lo hice. Pero lo importante fue lo que sucedió después, porque fue el parte aguas para mí. Fue muy evidente que algo estaba haciendo mal y que tanto mi hijo como yo estábamos reaccionando.

Diego creció – hasta ese entonces – con una mamá y un papá bien presentes. Pero dada mi reciente sobrecarga de trabajo, se me hizo fácil asumir que él ya era lo suficientemente grande como para que ya no necesitara estar tan cerca de mí. “Ya no es un bebé, ya va a cumplir 5 años, y el mundo no es color de rosa,” me había dicho a mí misma, feliz por mis nuevos contratos y las oportunidades que llegaban ahora que recién había regresado a vivir en la Ciudad de México.

Pero el que yo deseara que fuese así no cambiaba las circunstancias para él. Y el nuevo cambio le estaba afectando, más de lo que yo quería aceptarlo. Tardé unas semanas en reaccionar, a veces el darte cuenta te sorprende en el lugar menos esperado. Para mí fue encerrada en el baño, cuando colgué el teléfono y escuché a mi hijo llorando afuera de la puerta, diciéndome:

“Mami no me gusta aquí. ¿Nos vamos a vivir a mi casa rosa otra vez?”

Abrí la puerta y lo abracé, llorando, permitiéndome estar cerca de ese dolor que sentía. “Mi casa rosa”, así le llamaba a la pequeña casita en la que vivíamos entre los árboles, en las afueras de un pueblito cerca de Valle de Bravo.

Luis Carlos y yo suspendimos todo. Al siguiente día celebramos un “no-cumpleaños” para Diego (una fiesta como de cumpleaños pero en cualquier otro día del año, nada más porque sí), nutrimos su corazón, y el nuestro.

Romper con el ciclo de paternidad reactiva no tiene que ser difícil. Tus respuestas más elevadas, amorosas y sabias están dentro de ti. No surgirán desde tu “Yo” enojado, enganchado y estresado.

Todo comportamiento surge del intento por satisfacer una necesidad. Ser mamá (y papá) se trata de comprender esto, y estar dispuestos a prestar atención. Porque nuestros hijos son invitados a la vida por nosotros. Son nuestros huéspedes de honor, y el honor es nuestro.

No recuerdo quién mencionó esto, pero lo diré en mis palabras. Muchos padres pensamos que la meta final de la paternidad es convertir a nuestros hijos en “hombres y mujeres de bien”, hechos y derechos. La realidad es que ellos hacen eso, no nosotros. Lo que sí podemos hacer es poco a poco quitarnos los temores que nos impiden conectar con nuestra propia esencia, para un día volver a sentir la chispa de vida que hoy vemos en ellos. Y son ellos quienes nos recuerdan el camino a casa… la meta eres tú.

Con todo el cariño,

Gaby

Gaby González
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Orientar y preparar a padres y maestros en cuanto a cómo acompañar, guiar y educar a los niños y adolescentes de ahora, teniendo en cuenta las características únicas de las generaciones más recientes y los cambios en el entorno sociocultural del momento histórico que atravesamos.
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