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Un nudo en la garganta.

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Camilo de 10 años fue llevado a consulta por su madre quien comentaba que, desde hacía unas semanas, su hijo había empezado a morderse y comerse las uñas de las manos hasta un grado tal de lastimarse severamente y hacerse sangrar los dedos. Había estado hablando muy poco, y su estado de ánimo mostraba un notorio decaimiento. Todo había iniciado posterior a la muerte de su abuelo materno, con quien compartía mucho de su tiempo.

 

Debido a que Camilo estaba poco dispuesto a hablar, su terapeuta optó por leerle un poco de poesía escrita por chicos de su edad. Uno de los poemas hablaba sobre la sensación de tener un nudo en la garganta. Después de terminar de leerlo, la terapeuta le pidió a Camilo que hiciera un dibujo a partir de la impresión que le había dejado el poema.

 

Dibujó la casa de su abuelo, y un niño parado a cierta distancia de la casa. Este niño tenía en su cuello un gran punto negro y una cara sin expresión alguna. Camilo le dijo a su terapeuta que el punto representaba la gran tristeza y llanto que no había salido por la muerte de su abuelo. Contó que ese día su padre le había dicho que en estos casos había que ser muy fuerte a pesar del dolor, y su fuerza ayudaría a su madre a ser fuerte también para poder sobrellevar la situación.

 

El padre de Camilo de manera inconsciente había puesto sobre su hijo una gran carga, ya que el niño sintió un gran compromiso de mantenerse fuerte para así darles fortaleza a los demás, especialmente a su mamá. No se permitió expresar sus sentimientos ni compartir su tristeza con nadie. Con la única persona con quien probablemente lo hubiera hecho era su abuelo.

 

Requirieron varias sesiones para lograr que Camilo soltara este compromiso, y se permitiera vivir su dolor, su tristeza, su duelo en general. Cuando esto sucedió, pudo descargarlos de una manera sana, fue validado y acompañado, y aprendió la importancia de expresar las emociones. Su comportamiento de ansiedad manifestado en morderse las uñas y un silencio autoimpuesto fue desapareciendo, y Camilo pudo retomar su vida.

 

Nuestros hijos están mucho más conectados con su esencia, con su sentir, que nosotros sus padres, ya que están aún exentos del recorrido de la vida que muchas veces nos llena de prejuicios y creencias limitantes. Sin embargo, desde muy temprana edad, están recibiendo mensajes ya sea directos (verbales) o indirectos (comportamentales) sobre el manejo que le damos a las situaciones, y más aún, a las emociones. Se dan cuenta de nuestras máscaras, nuestras apariencias, y necesidad de mostrarnos de cierta manera para ser aceptados por otros. ¿Quién si no nosotros, sus padres, para luchar a capa y espada porque ellos mantengan viva su esencia, su verdadero sentir? ¿Quién si no nosotros para mostrarles lo valioso de su identidad y lo mágico de su ser?

 

Alexandra Parada.

 

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