lisa

LA ANSIEDAD DE LISA

Lisa de 13 años fue llevada a terapia por su madre quien estaba muy preocupada ya que su hija llevaba meses comiéndose frenéticamente las uñas, hasta el grado de tener heridas en sus dedos, y haber cursado ya con varias infecciones en éstos que requirieron tratamiento médico. Ya había sido llevada a varios especialistas, el último le había diagnosticado un trastorno de ansiedad y le formuló tratamiento. Sin embargo, su madre decidió pedir una última opinión antes de medicar a su hija.

 

Cuando llegó a su primera sesión, Lisa lucía un poco pálida y ojerosa; su mirada pasaba de un lugar a otro, y movía leve, pero constantemente, sus piernas mientras ella estaba sentada. Cuando se le preguntaba algo, respondía sólo sí, no, no sé, y tal vez. En esta sesión su madre sólo habló de lo preocupaba que estaba por su hija, de todo lo que le asustaba que le llegara a pasar, y de todo lo que escuchaba en las noticias sobre adolescentes que no recibían ayuda a tiempo.

 

Durante varias sesiones, su terapeuta trabajó con ella a través de actividades de expresión para establecer un vínculo de confianza con ella y que eventualmente pudiera hablar sobre lo que le estaba sucediendo. Un día mientras Lisa jugueteaba con plastilina, empezó a hablar sobre lo que sucedía entre ella y su madre que la estresaba muchísimo. Como estaba trabajando con plastilina su terapeuta le pidió que expresara sus sentimientos a través de este material, pero ella se puso muy nerviosa y se negó a hacerlo. Entonces su terapeuta le sugirió que hiciera un dibujo de su estrés, y ella accedió. Dibujó una gran pared, gruesa, de cemento y ladrillos, y debajo de ésta, como si estuviera siendo aplastada, se dibujó así misma tratando de empujar la pesada pared con sus manos y piernas. Dibujó unas líneas ondulantes alrededor de sus extremidades, y dijo que era porque estaban temblando por el esfuerzo que hacían.

 

Su terapeuta le pidió que fuera la imagen que la representaba y dijera cómo se sentía. Lisa dijo: “¡Estoy agotada! Es demasiada presión, demasiado peso, no sé cuánto mas pueda aguantar. Ya me tiemblan las manos y las piernas, además me duelen muchísimo. No puedo dormir ni comer porque esto me puede aplastar en cualquier momento.” Después de esto, su terapeuta le pidió ser la pared de ladrillo y que le hablara a su imagen. Lisa con una voz más fuerte y gruesa dijo: “Soy una gran pared de ladrillo. Peso bastante; cada momento que pasa, me hago más pesada. No puedes hacer nada para ganarme. ¡Voy a terminar aplastándote!”.

 

Su terapeuta le preguntó: “Lisa, ¿hay alguien o algo en tu vida que sea tan pesado como esa pared?”

Lisa en voz baja: “Sí. Todo lo que dice mamá.”

Terapeuta: “¿A qué te refieres?”

Lisa: “Mamá todo el día está viendo o escuchando noticias. Todo el tiempo está hablando de lo peligroso que es el mundo, de lo mala que es la gente, de las tragedias que pasan en las escuelas, de los jóvenes que terminan en las drogas o el suicidio. Me dice que tenemos que tener mucho cuidado, casi no salimos de la casa por miedo a que algo ocurra, todos los días me lleva y me recoge de la escuela para que no me pase nada, y pues la verdad así ni siquiera puedo tener amigos…”

 

Fue la primera vez que Lisa se permitió hablar sobre lo que le estaba sucediendo, y fue la primera vez que su cuerpo se vio un poco menos tenso, y sus piernas estuvieron completamente quietas. Lisa sentía miedo constantemente; vivía en un estado de ansiedad muy fuerte al estar pensando que en cualquier momento podría pasarle algo malo, y lo manifestaba en su cuerpo comiéndose las uñas, inapetencia y trastorno del sueño. A lo largo de las siguientes sesiones, su terapeuta la ayudó a trabajar con estos sentimientos de miedo y ansiedad que su madre de manera subconsciente e involuntaria le había estado transmitiendo. También tuvieron sesiones familiares dónde Lisa pudo contarle a su madre lo que le estaba pasando, y su madre pudo darse cuenta de que ella también tenía cosas que resolver por su bien y el de su hija.

 

Como padres, muchas veces no somos realmente conscientes del impacto que están teniendo nuestras palabras, juicios, opiniones, en la vida de nuestros hijos. Muchas veces pensamos que es mejor prevenirlos, prepararlos, pero no tenemos en cuenta si están preparados o no para recibir toda esta información; no usamos un lenguaje acorde a su edad, y tampoco somos conscientes de que les estamos transmitiendo nuestros sentimientos sobre estas situaciones. Caemos en la trampa de educar desde el miedo, y olvidamos que el arma más poderosa para combatir todo aquello a lo que tememos es el Amor. Y tú, ¿consideras que estás educando desde el miedo? ¿Piensas que es mejor que “sepan la verdad desde pequeños porque así se harán más fuertes”?

 

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