9años

EL SILENCIO DE FELIPE

 

Cuando Felipe cumplió 9 años, sus padres decidieron llevarlo nuevamente a sesiones de terapia. Cuando era menor, había asistido por enuresis y problemas de atención, que habían resuelto después de unos meses de terapia. En esta ocasión sus padres lo traían debido a que se había vuelto supremamente callado y retraído. Sólo hablaba para lo estrictamente necesario, y al hacerlo su voz era casi un susurro.

 

Su madre comentaba que Felipe siempre ha sido bien portado, cumple las reglas, no se queja ni protesta, y tiene buenas calificaciones en la escuela. Sin embargo, ahora lo nota muy solitario, cree que no tiene amigos, y en la escuela sus maestros se quejan de su conducta pasiva. Su madre decía “Él nunca me cuenta nada cuando le pregunto sobre su día ¡Me desespera!”. Por su parte, el padre de Felipe decía: “Me gustaría que tomara alguna iniciativa, que jugara algún deporte como los demás chicos, que fuera más como sus hermanos, que, aunque fuera una vez, ¡hiciera una pilatura! ¡Quiero un hijo varón normal!”. Esto ocurrió en la primera sesión de terapia, y Felipe estaba presente escuchando las quejas de sus padres. No dijo nada.

 

Mientras sus padres esperaban en la antesala, el terapeuta le pidió a Felipe que creara una escena en la arenera, a lo cual se encogió de hombros y respondió “Como guste”. Muy concentrado y de manera meticulosa, revisó los canastos buscando lo que necesitaba para su creación. No pronunció palabra, incluso su respiración era muy poco audible. Cuando terminó, se levantó y se sentó en su silla como señal de que había terminado con la actividad. Había creado una granja con muchos animales y muchas personas que trabajaban allí. Pero en un extremo había un pequeño puente y sobre éste un perrito. Su terapeuta le preguntó “Si pudieras escoger ser uno de esos animales, ¿cuál serías?” Felipe mirando su granja señaló el perrito. Su terapeuta replico “Escogiste el único animal que tiene algo de espacio para sí mismo a su alrededor. En tu casa, ¿tienes tu propia habitación?” Felipe respondió fuerte y claro “No. Comparto habitación con mis hermanos. Quisiera tener mi propio cuarto.” Después de esto volvió a callar, y dejó su mirada fija en la escena de la arenera.

 

Con el pasar de las sesiones, mediante juegos y dibujos, asociado a un pequeño diario donde escribía sus sueños, pensamientos y sentimientos, poco a poco Felipe empezó a hablar un poco más. Empezó a abrirse, a contar historias, sentimientos que tenía, compartía información sobre lo que le gustaba. Incluso en una ocasión, mientras realizaba un collage que su terapeuta le había invitado a hacer, comentó lo mucho que se enojaba cuando sus compañeros de escuela se burlaban de él, de su aspecto. Felipe había guardado sentimientos de enojo, tristeza y resentimiento por mucho tiempo. Se sentía desplazado por sus hermanos, poco valorado, insuficiente, y no confiaba en sus habilidades, incluso pensaba que no tenía ninguna.

 

A medida que todos estos sentimientos fueron saliendo en las sesiones, y su terapeuta lo ayudaba a validarlos y trabajarlos, la voz de Felipe recuperó su fuerza. Empezó a apreciar sus cualidades, a manifestar frecuentemente sus pensamientos y sus sentimientos, incluso hizo nuevos amigos. Sus padres empezaron a valorarlo por la persona que era, a darle el lugar que le correspondía en su familia, dejaron de compararlo con sus hermanos y se dieron cuenta que su hijo era maravilloso tal cual era.

 

Generalmente, los padres de niños callados o tímidos no los llevan a consulta, pues consideran como virtud portarse muy bien y hacer todo lo que se les pide. Sin embargo, cuando la conducta empieza a ser exagerada, o cuando los niños no están cumpliendo las expectativas de sus padres, ahí es cuando ven algo mal y lo llevan a terapia. Como padres siempre debemos estar atentos a evitar cargar a nuestros hijos con nuestras expectativas, ni de aplastarlos con nuestra voluntad. Debemos aprender a respetarlos como seres humanos únicos y diferentes a nosotros, y ayudarles a encontrar su lugar en la vida.

 

¿De qué te das cuenta?

Con cariño, Alexandra Parada.

 

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