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EL ROBO DE MI ESENCIA

Angela era una chica de 17 años que fue remitida a terapia por las directivas de su escuela. Hasta hace un año había sido la mejor estudiante de su grado, una joven de comportamiento ejemplar, siempre dispuesta a colaborar. Sin embargo, su comportamiento había venido cambiando radicalmente en los últimos meses; sus notas decayeron notablemente, su actitud era rebelde, provocadora y retadora. El grupo de amigos con los que se juntaba ahora eran jóvenes problemáticos con conductas riesgosas.

Ella era hija única, y sus padres ambos ejecutivos trabajaban todo el tiempo. Ellos no encontraban las razones para el cambio de su hija, y habían pasado de tener una hija responsable y bien portada, a una hija con la que era prácticamente imposible hablar y que nunca estaba en casa. Casi todos los días llegaba a altas horas de la noche en claro estado de embriaguez. Habían usado todo tipo de castigos, y la encerraban, pero ella siempre encontraba la forma de escaparse.

En su primera sesión, Angela llegó con una actitud un poco sarcástica y burlona; comentaba que no sabía cuál era el alboroto por tener “un par” de malas notas y salir a divertirse con los amigos, si “todo el mundo” lo hacía. Estaba sentada al frente de su terapeuta, con los brazos cruzados, no establecía contacto visual, y cuando hablaba se miraba su cabello, uñas o chequeaba las notificaciones de su celular.

Su terapeuta le dijo: “Cuéntame más sobre eso de ‘un par de malas notas’”

Angela respondió “¡Pues no es nada! La verdad es que tenemos una bruja de maestra y se desquita con todos nosotros. A todos nos va mal en las entregas y los exámenes. Yo creo que el problema es ella, no nosotros”

Su terapeuta le preguntó “¿Y qué es ‘lo que hace todo el mundo’ cuando sale a divertirse con sus amigos?”

Ella se rió y dijo “¡Pues lo normal! Vamos a fiestas, bailamos, tomamos un poco para divertirnos más, conocemos chicos guapos, ya sabes… lo que hace cualquiera a mi edad”

A cualquier pregunta que le hacía su terapeuta, Angela siempre respondía en plural, siempre incluyendo a sus amigos, y en sus respuestas siempre había un villano culpable de la situación que nunca era ella. En su escuela le habían dado un ultimátum: debía asistir a terapia como última oportunidad que se le daba para cambiar su conducta, de lo contrario sería expulsada.

Su terapeuta le dijo: “Según los registros de la escuela, hasta el año pasado eras la mejor estudiante, ahora estás a punto de ser expulsada”.

Angela respondió “Simplemente no vale la pena tanto esfuerzo… todo es más llevadero si te estás divirtiendo todo el tiempo con tus amigas, unas copas y algo de música”

Su terapeuta preguntó “¿Y qué cosas necesitan ser más llevaderas?”

Angela le lanzó una mirada furtiva de sorpresa, y se empezó a morder la manga de su suéter; giró un poco su cuerpo en la silla para poder mirar hacia la ventana que había en el consultorio.

Su terapeuta le reflejó “Veo que mi pregunta te alteró; te estás mordiendo tu suéter, y tu cuerpo mira hacia otro lado como si ya no quisieras hablar conmigo”

Angela después de un par de minutos dijo “No quiero hablar de eso”, entonces su terapeuta le dijo “¿Y que tal si en vez de hablarlo, lo pintas?” y le alcanzó los implementos necesarios. Ella dijo “¿pero no sé qué pintar?” y su terapeuta le respondió “Trata de pintar lo que estás sintiendo en este momento”. El resto de la sesión transcurrió en silencio mientras Angela pintaba. Cuando terminó, su terapeuta le pidió el favor de que explicara su pintura.

“Es una espiral negra. En el centro y al fondo, estoy yo. Voy cayendo por ella pero parece que no tiene fin. Todo a mi alrededor es muy confuso, pasa muy rápido, no me puedo concentrar, porque siento que todo gira alrededor a mucha velocidad. Trato de pedir ayuda, pero nadie me escucha. Estoy sola. Nadie sabe cómo me siento. Nada tiene arreglo.”

Así transcurrieron varias sesiones. Angela se dedicaba a hacer pinturas sobre sus sentimientos, haciendo referencia a un evento, pero jamás entraba en detalles al respecto. Tras unas semanas de estar acompañándola en este proceso, su terapeuta recolectando todas sus pinturas, las expuso en una de las paredes del consultorio. Le pidió a Angela que las ordenara como si contaran una historia y le pusiera un título. Ella siguió las instrucciones y con voz titubeante, y lágrimas en sus ojos dijo “El robo de mi esencia”.

Angela había sido víctima de abuso sexual, pero jamás se lo contó a nadie. La manera cómo ella trató de manejar la situación fue a través de conductas riesgosas y comportamientos disfuncionales: rompiendo reglas, retando a sus padres y maestros, ser irresponsable, y tratando de anestesiar sus verdaderos sentimientos con alcohol. Una vez se dio permiso para empezar a trabajar esto en terapia, se quitó un gran peso de encima. Empezó a reconocer esta culpa que no le correspondía, y así pudo soltarla y transformarla. Eventualmente, su terapeuta organizó una sesión familiar con la autorización de Angela para contarles a sus padres lo ocurrido.

Angela aún sigue asistiendo a terapia, pero dejó atrás esas conductas autolesivas, y está aprendiendo a recuperar su confianza y valía. Como padres jamás debemos dar por sentado a nuestros hijos, ni tampoco subestimar conductas o comportamientos. Es nuestra tarea procurar mantener canales de comunicación abiertos, pero más importante aún, mantener una conexión real y honesta con ellos, de tal manera que nuestros hijos sepan que nuestro amor hacia ellos es incondicional y que seamos su recurso número uno para pedir ayuda.

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