mama

La peor madre que he visto nunca

La he oído antes de verla. Está quejándose entre dientes porque su hija no para de llorar. Obviamente, nadie le ha recordado a esta mujer que los niños pequeños lloran. La niña, abrazada a las piernas de la mujer, pide que la coja en brazos. Repite una y otra vez con su vocecita: “cárgame, cárgame”. ¡La mujer parece realmente enfadada porque su hija quiera que la tome en brazos! Quizás esta señora debería intentar ser un poco más agradecida. Hay gente por todo el mundo que mataría por un niño adorable, un niño sano… simplemente, un niño.

Cuando doblo la esquina, por fin consigo ver a esa desastrosa madre. Ahí está: con toda su fuerza, la cara roja y ojos de loca. Cuando se da cuenta de que estoy mirando, intenta calmarse un poco, avergonzada aparentemente por tener testigos de su diatriba. Por mucho que lo intente, parece no poder contener la furia que lleva dentro. Sigue ignorando a la bonita niña, que lucha por su atención, y opta por escribir en el móvil en lugar de atender a la pequeña, que suplica ayuda para hacer los deberes. ¡LOS DEBERES! ¡Qué no daríamos cualquiera de nosotros por tener un niño que quisiera practicar los trazos de las letras del abecedario! Esta madre no sabe lo fácil que lo tiene y desde luego que no lo valora, vista su cara de molestia.

“¡¿CUÁNTAS VECES TE LO TENGO QUE DECIR?!”

Ahora le está gritando órdenes a su hijo, que se encoge al oír su voz severa. A regañadientes y gruñendo, convierte las palabras en armas. Un “¿VALE?” de su boca, con ese tono, pasa de ser una pregunta a ser un puñal afilado y listo para usarse. Me pregunto si es consciente del miedo que da. Si yo fuera un niño, estaría aterrado.

Un rugido surge de sus entrañas, le sube por la garganta y estalla en el aire.

¡DAOS PRISA!

¡AHORA!

¿¡QUÉ ACABO DE DECIR?!

Los niños soportan ese aluvión de duras miradas que lo dicen todo. Están diciendo: “No tengo paciencia para que te comportes como alguien de tu edad” y “Hoy nada de lo que hagas está bien”.

Siento como si fuera a presenciar un accidente de coche atroz y, aunque me tirara a la carretera, no podría hacer nada por evitarlo.

Con miedo por lo que pueda ver, hago contacto visual de mala gana con la mujer en el espejo. Por un segundo, no oigo nada. La sala se está quedando en silencio. Miro a mi bebé, que está llorando porque está cansada. Le prometo a mi dulce niña de cuatro años que le ayudaré a unir los puntos en su cuaderno de actividades tan pronto como limpie el suelo del baño después de que su hermano de seis años lo haya vuelto a dejar empapado con sus travesuras en la ducha.

Hoy el trabajo ha sido una locura, pero a las ocho de la tarde doy por finalizada la jornada; me niego a mirar el móvil para que no surja otro problema y tenga que volver. Odio cómo me he comportado hoy. No he apreciado a mis hijos, ni les he mostrado suficiente amor. Les he contestado sin interés alguno y he fingido que les prestaba atención cuando decían: “¡Mami, mírame!” porque he dejado que, cosas que no deberían importar, me consumieran. Se supone que respirar hondo ayuda, pero cuanto más aire cogía, más sofocada me sentía. Vuelvo a mirar al espejo.

¿Esa soy yo? No lo parece.

Miro a mis hijos. Se parecen a mí.

Aunque no les he dado lo que se merecían hoy, siguen dándome exactamente lo que necesito. Mis hijos son inocencia, comprensión y ternura. Incluso en mis peores días no dudan en tirarse a mis brazos, olvidándose al instante de lo enfadada que estaba y lo mal que les he hablado. Mis hijos son amor incondicional, hasta cuando les pongo condiciones sin darme cuenta. Son mejores de lo que yo puedo llegar a ser, con esos brazos cariñosos y rebosantes de perdón.

Stephanie Jankowski

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de ‘The Huffington Post’.

Duro y real ¿cierto? ¿De qué te das cuenta? Si es que se te escapó una lagrima (como a mí) sécala y abraza a tu hij(a). ¿Ya lo habías hecho hoy?

Con amor,

Gaby González

 

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