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¿Cambiamos?

Es muy común escuchar en las pláticas entre mamás:

“Mi hijo ya sabe caminar, ¿el tuyo todavía no?”

“Mi hija es muy obediente y tranquila, ¿la tuya no?”

 

En este tipo de comparaciones que hacemos de los niños, pareciera que estamos comparando casas o coches. ¿Cuál es más grande?, ¿Cuál es mejor?, ¿Cuál es más bonita?, y olvidamos que estamos hablando de personas, de niños, no de objetos. Es como si pudiéramos decir, “me gustó el color de tu casa, lo voy a usar en la mía”, “me gustó cómo se porta tu hijo, voy a hacer el mío igual”. ¡Qué locura!, ¿no te parece?

 

Cada niño tiene sus propias características, su propia esencia. Nadie es igual a nadie, incluso entre hermanos. Entonces, ¿porqué y para qué los quieres encasillar? Son esas características las que van a determinar su personalidad, sus gustos e incluso la vida que cada uno de ellos tendrá.

 

Hace poco me tocó escuchar a un papá decirle a su hijo de dos años, “súbete al columpio, tu prima ya lo hace y no le da miedo” y a una mamá decirle a su hija, “mira a tu primo que tranquilo es, siempre se porta muy bien y tú no obedeces”.

 

En el ejemplo anterior, podemos ver a dos niños con estilos diferentes. El niño, necesita más del acompañamiento de sus papás, su ritmo es diferente que el de la niña y eso no significa que sea malo. La niña tiene la necesidad de hacer todo por sí misma. Es una niña con un temperamento más fuerte que el niño. Ella necesita del acompañamiento de sus padres, pero no de la misma manera que el niño. Son diferentes, ninguno es mejor que ninguno. Cada uno tiene su ritmo, cada uno tiene sus gustos, cada uno tiene su forma de ser y ninguno es mejor que el otro.

 

¿En qué momento, los adultos quisimos que todo y que todos fueran iguales? ¿para qué queremos que esto suceda? ¿En qué momento empezamos a competir con todo y por todo y lo peor, cuando empezamos a incluir a nuestros hijos en esas competencias absurdas? Y no pasaría nada si esto no provocara que le digas a tu hijo lo que otro niño hace y que él no está haciendo, dejándole sentir que no es suficiente. Esto es el verdadero problema.

 

¿Qué puedes hacer para empoderar a tu hijo?

 

  • Reconoce las características de tu hijo. ¿Es un niño que quiere hacer todo solo o es un niño que le gusta que lo acompañes a hacer las cosas? Si lo identificas, vas a tener una mejor idea de cómo tratarlo y eso le ayudará a ser más feliz.

 

  • Por nada del mundo lo compares con otro niño. Es como si a ti te dijeran que otra mamá es mejor que tú. Seguramente esto no sería grato para ti en absoluto y si no te gustaría, no se lo hagas a tu hijo.

 

  • Reconoce y respeta sus gustos. Si a él le gusta correr, tocar, moverse, o simplemente hacer cosas más tranquilas, déjalo que lo haga, obviamente cuidando que no se lastime.

 

Tu hijo es único e irrepetible. Ve la maravilla que tienes ante tus ojos, un ser humano lleno de posibilidades, de retos, de ideas, de muchas cosas por descubrir y por hacer. Empodéralo, ámalo así como es, hazle saber lo feliz que te hace por el simple hecho de ser. Acompáñalo a descubrir todo lo que él quiere y puede descubrir. Déjalo que él decida lo que más le gusta, porque cuando una persona hace lo que más le gusta, es garantía de éxito y plenitud.

Te interesa:

Enseña a tu hijo a confiar en sí mismo. 

 

Desconectar pero conectar. 

Claudia Bernal

Claudia Bernal

Claudia ha trabajado en el área de educación durante 12 años. Debido al contacto que ha tenido con niños y adolescentes, se ha percatado de la necesidad tan grande que tenemos como sociedad de un cambio en nuestra forma de educar, de amar y de guiar a nuestros hijos.
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Claudia ha trabajado en el área de educación durante 12 años. Debido al contacto que ha tenido con niños y adolescentes, se ha percatado de la necesidad tan grande que tenemos como sociedad de un cambio en nuestra forma de educar, de amar y de guiar a nuestros hijos.

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